
Retomamos el relato de la entrada anterior en la que los caballeros jerezanos se disponen a partir para la batalla. Aunque en ninguna de las “Historias de Jerez” mencionadas, se nombran personajes ligados a esta acción de armas, más allá del alcaide, Coloma llena de “nombres” la escena e incluye en la nómina de ilustres que acuden a la contienda a lo más granado de la nobleza jerezana del momento: Diego Pavón, Herrera, Fernán Núñez-Dávila, Alonso Fernández de Valdespino -el del Salado-... No faltaban tampoco a la cita caballeros como Garci-Pérez de Burgos, Juan Gaitán Carrillo, el hijo de Pérez Ponce de León, Mateo –“el de los buenos fijuelos”… Aunque si alguna presencia subraya nuestro autor en este momento es la de de Gutiérrez Ruiz de Orbaneja, quien ya de avanzada edad, se presentaba a la batalla sin armadura por no poder soportar su peso.
La salida de la ciudad de las tropas jerezanas se realiza por la Puerta Real (la del Marmolejo) y de acuerdo a la treta estudiada, evitan el camino de Medina, ocupado ya en las inmediaciones del río por el campamento enemigo. Sigamos, con Coloma, el itinerario de las tropas jerezanas:
“Caminaban, en gran silencio los de Jerez, siguiendo el camino de Vejer, para tomar luego el de
Medina y coger al moro por la espalda. Marchaba delante el alcaide, montando un trotero, que por caparazón llevaba una gran piel de tigre, despojo de un jeque moro, cuyas manos pendían anudadas en las cadenas del pretal, con garras de oro; seguíanle en dos alas los de a caballo, guardando en medio los peones que llevaban el recuaje de potros cerriles, que por consejo de Dávila, habían de tomar parte en la batalla. Hallábanse los moros en su real, allá junto a la laguna de Medina, tan confiados en su valor o desdeñosos del ajeno, que no se dieron cuenta del enemigo que llegaba ya al alcance de sus azagayas.
Una vez llegadas las tropas al paraje donde pueden sorprender por la retaguardia al campamento moro, en las inmediaciones del actual cerro de El Mojo, deben mantener una tensa espera hasta el amanecer como bien relata Coloma: “Pedía la prudencia treguas al valor de los nuestros, y sólo bramando de coraje pudieron mantenerse en sosiego hasta el cuarto del alba, que se aprestaron a la pelea atando a los potros
cerriles, no zarzas y cambrones, sino cueros crudos que a prevención llevaban.”
En la ciudad, es noche cerrada cuando llegan a la Puerta de Sevilla, sin ser esperadas “…gran número de gentes de guerra, que llegaban a la barbacana refuerzo del muro… -¡Córdoba por Jerez! -sonó una voz hidalga al pie del muro. Eran las gentes de Córdoba, que sin ser llamadas, venían en auxilio de sus
hermanos en Dios, en Patria y en Rey.”
Coloma se recrea aquí en la actitud valerosa de la alcaidesa y en la generosidad de los cordobeses que, en mitad de la noche, cansados y fatigados, rechazando el descanso que los jerezanos les ofrecen “… piden un adalid que los guíe, porque no admite la guerra espera: pasan el río al trote del peonaje, y hacen alto en un cerro, desde donde atalayan al moro, esperando den señal de la pelea los nuestros que del lado de allá se hallaban”
Ya está a punto de amanecer. Los cordobeses en el Cerro del Viento, junto a la Laguna de Medina, los moros en la Dehesa de Martelilla, los jerezanos en las tierras del Mojo. Dejemos que lo cuente Coloma:
“De repente rompe el traidor silencio una tremenda algazara de trompetas y vocerío, atabales y rugidos, y con tal furia y empuje arremeten los nuestros al moro,
que por tres cuartos de hora prolonga la polvareda las sombras de la noche: huyen los potros cerriles arrastrando con estrépito los cueros que los azotan y espantan; créceles el asombro con la carrera, y tal pavor infunden en los caballos agarenos, que con su propio espanto descomponen el real.
-¡Santiago! -gritan los nuestros; y al despertar despavorido el moro,
no acierta a proferir su antiguo grito de guerra.
Trábase al fin la lucha con tal ventaja del cristiano, que ya muerden el polvo siete sarracenos, sin que Dávila saque la lanza de la cuja. Más lejos se revuelve Herrera como bueno; da un tajo y se abre camino, y por un quijote que le arrancan, arranca al moro tres banderas y mil vidas.
Aterrada la morisma huye hacia Jerez sin tino, y va a dar en las lanzas cordobesas, que con tal furia la reciben, que no parece causa ajena, sino propia la que mueve sus bríos. Cejan luego hacia Margarigut el antiguo, aldea entonces de Pedro Gallegos, propia de Valdespino; mas allí los siguen cordobeses y jerezanos, que aun no se conocen, pero que con rabia igual los alancean.
Allí cayó, roto el pecho y la jacerina, el hijo de Juan Gaitán, que aun el bozo no le apunta: diole el polvo de la batalla mortaja de caballero, y no faltó quien guardase a su madre la
Sarmiento, la lanza rota del mancebo; y a su dama Inés Zurita, unas tranzaderas verdes que hizo la sangre rojas.
Crece el furor mientras más cerca halla la victoria, y tanta sangre corre en aquellos sitios, que borra para siempre su antiguo nombre, grabando en su vez el terrible de Matanza. Vencida, pero astuta siempre la morisma, huye a guarecerse en unos arroyos secos: mas allí la alcanza la rabia del cristiano, y corre aún bastante sangre para dar corriente al cauce vacío, y a aquella tierra, ebria de sangre mora, el nombre de Matanzuela.
La noche corre aterrada a contar a otras naciones las proezas de la nuestra, y cuando el día asoma medroso, encuentra el pendón de Ismael roto, la Cruz en alto, y sembrado el campo de cadáveres, que cubrían, puesta de pie, la lanza más larga que había en el campo: la de aquel buen López de Mendoza, que tuvo luego, en sus armas la gloria del Ave-María.

Y allá más tarde, cuando cordobeses y jerezanos, jurándose hermandad eterna, arrojan a los pies de la Virgen de la Merced, que desde entonces lo fue de los Remedios, un puñado de banderas moras, cubiertas de sangre cristiana como de reliquias, y de sangre agarena como de trofeos, escribe la fama en su libro la batalla de los Cueros, y grita al mundo con sus cien trompetas. Todo lo alcanza el valor si la fe lo mantiene.”
Con los ecos del relato de Coloma, hemos vuelto a recorrer hoy estos parajes. No soplan ya vientos de guerra en las tierras de La Matanza, sino los vientos de Levante que mueven las aspas de los enormes molinos instalados en el parque eólico de Doña Benita. Lentiscos palmitos y acebuches crecen en la Cañada Real de Lomopardo o de Medina, que sigue todavía el antiguo camino por donde circulaban las tropas.
No vienen ya por el Mojo y por Baldío Gallardo las mesnadas de moros, ni amenazan algaras los llanos de la Ina, ni se talan los olivares y encinares de las dehesas de Martelilla donde pace, placidamente, ajena a los sangrientos episodios de la historia la vacada que, llevará el nombre de este afamado hierro por toda la geografía taurina. Nada queda ya de la aldea de Margarihut (la alquería del “prado de los judíos”), la que pasó a denominarse después de la batalla Aldea de Pero Gallegos. Nada salvo los apacibles prados de La Matancilla, salpicados de molinos.
Nadie acampa ya, sino las aves migratorias, en las laderas de la Laguna de Medina, en las arboledas de El Sotillo, junto al Saldado y al Vado de Medina. Y en el Cerro Cabeza del Real, donde un día se plantaron las tiendas de los moros, se cubren hoy sus albarizas de girasoles, de trigos y de vides.
“Caminaban, en gran silencio los de Jerez, siguiendo el camino de Vejer, para tomar luego el de
En la ciudad, es noche cerrada cuando llegan a la Puerta de Sevilla, sin ser esperadas “…gran número de gentes de guerra, que llegaban a la barbacana refuerzo del muro… -¡Córdoba por Jerez! -sonó una voz hidalga al pie del muro. Eran las gentes de Córdoba, que sin ser llamadas, venían en auxilio de sus
Coloma se recrea aquí en la actitud valerosa de la alcaidesa y en la generosidad de los cordobeses que, en mitad de la noche, cansados y fatigados, rechazando el descanso que los jerezanos les ofrecen “… piden un adalid que los guíe, porque no admite la guerra espera: pasan el río al trote del peonaje, y hacen alto en un cerro, desde donde atalayan al moro, esperando den señal de la pelea los nuestros que del lado de allá se hallaban”
“De repente rompe el traidor silencio una tremenda algazara de trompetas y vocerío, atabales y rugidos, y con tal furia y empuje arremeten los nuestros al moro,
-¡Santiago! -gritan los nuestros; y al despertar despavorido el moro,
Trábase al fin la lucha con tal ventaja del cristiano, que ya muerden el polvo siete sarracenos, sin que Dávila saque la lanza de la cuja. Más lejos se revuelve Herrera como bueno; da un tajo y se abre camino, y por un quijote que le arrancan, arranca al moro tres banderas y mil vidas.
Aterrada la morisma huye hacia Jerez sin tino, y va a dar en las lanzas cordobesas, que con tal furia la reciben, que no parece causa ajena, sino propia la que mueve sus bríos. Cejan luego hacia Margarigut el antiguo, aldea entonces de Pedro Gallegos, propia de Valdespino; mas allí los siguen cordobeses y jerezanos, que aun no se conocen, pero que con rabia igual los alancean.
Allí cayó, roto el pecho y la jacerina, el hijo de Juan Gaitán, que aun el bozo no le apunta: diole el polvo de la batalla mortaja de caballero, y no faltó quien guardase a su madre la
Crece el furor mientras más cerca halla la victoria, y tanta sangre corre en aquellos sitios, que borra para siempre su antiguo nombre, grabando en su vez el terrible de Matanza. Vencida, pero astuta siempre la morisma, huye a guarecerse en unos arroyos secos: mas allí la alcanza la rabia del cristiano, y corre aún bastante sangre para dar corriente al cauce vacío, y a aquella tierra, ebria de sangre mora, el nombre de Matanzuela.
La noche corre aterrada a contar a otras naciones las proezas de la nuestra, y cuando el día asoma medroso, encuentra el pendón de Ismael roto, la Cruz en alto, y sembrado el campo de cadáveres, que cubrían, puesta de pie, la lanza más larga que había en el campo: la de aquel buen López de Mendoza, que tuvo luego, en sus armas la gloria del Ave-María.

Y allá más tarde, cuando cordobeses y jerezanos, jurándose hermandad eterna, arrojan a los pies de la Virgen de la Merced, que desde entonces lo fue de los Remedios, un puñado de banderas moras, cubiertas de sangre cristiana como de reliquias, y de sangre agarena como de trofeos, escribe la fama en su libro la batalla de los Cueros, y grita al mundo con sus cien trompetas. Todo lo alcanza el valor si la fe lo mantiene.”
Con los ecos del relato de Coloma, hemos vuelto a recorrer hoy estos parajes. No soplan ya vientos de guerra en las tierras de La Matanza, sino los vientos de Levante que mueven las aspas de los enormes molinos instalados en el parque eólico de Doña Benita. Lentiscos palmitos y acebuches crecen en la Cañada Real de Lomopardo o de Medina, que sigue todavía el antiguo camino por donde circulaban las tropas.
No vienen ya por el Mojo y por Baldío Gallardo las mesnadas de moros, ni amenazan algaras los llanos de la Ina, ni se talan los olivares y encinares de las dehesas de Martelilla donde pace, placidamente, ajena a los sangrientos episodios de la historia la vacada que, llevará el nombre de este afamado hierro por toda la geografía taurina. Nada queda ya de la aldea de Margarihut (la alquería del “prado de los judíos”), la que pasó a denominarse después de la batalla Aldea de Pero Gallegos. Nada salvo los apacibles prados de La Matancilla, salpicados de molinos.
Nadie acampa ya, sino las aves migratorias, en las laderas de la Laguna de Medina, en las arboledas de El Sotillo, junto al Saldado y al Vado de Medina. Y en el Cerro Cabeza del Real, donde un día se plantaron las tiendas de los moros, se cubren hoy sus albarizas de girasoles, de trigos y de vides.
Para saber más:
- Coloma, Luis. La Batalla de los Cueros. Episodio Histórico. Imprenta de la Revista jerezana. 1872. Otra edición de 1876 puede consultarse en la red.
- Gonzalo de Padilla.: Historia de Jerez de la Frontera (Siglos XIII-XVI). Ed. de Juan Abellán Pérez. Agrija Ediciones 2008., pp.. 48-57.
- Gutiérrez, Bartolomé.: Historia del estado presente y antiguo de la mui noble y mui leal ciudad de Xerez de la Frontera, Edición facsimil. BUC. Ayuntamiento de Jerez, 1989, vol I P. 178-183
- Martín de Roa (1617): “Santos Honorio, Eutichio, Eſtevan, Patronos de Xerez de la Frontera”. Edición Facsimil, Ed.Extramuros Edición S.L., 2007. Cap. VIII
- Rallón, E.: Historia de la ciudad de Xerez de la Frontera y de los reyes que la dominaron desde su primera fundación. Edición de Ángel Marín y Emilio Martín, Cádiz, 1997, vol. II, pp. 28-31.
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P.S.: Un amigo de Arcos nos informa de la existencia de este topónimo en esta localidad. Hemos podido comprobar como, en efecto, el paraje que se sitúa entre la Azucarera de Jédula y las tierras del Cortijo de Casablanca también es conocido como "La Matanza". De la misma manera, en las proximidades de Jédula, las tierras situadas frente al antiguo cuartel de la G. Civil, son conocidas como "La Matancilla".


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En 1879, el ingeniero de montes Salvador Cerón, en su obra Industria Forestal y Agrícola en la provincia de Cádiz, cifraba en 10.000 Has. la superficie cubierta por las formaciones de matorral en las que el palmito era especie dominante o secundaria en nuestra provincia. Casi siglo y medio después, la puesta en cultivo de muchos de estos espacios ha hecho disminuir enormemente su presencia y en la actualidad, esta especie apenas forma masas puras y difícilmente pueden verse palmitares o palmares de mediana extensión, creciendo en terrenos marginales (bordes de caminos, roquedos, vías pecuarias, convexidades de cerros de difícil roturación…) donde han logrado sobrevivir a las roturaciones.
Las fuentes históricas ilustran también de cómo los palmares fueron desapareciendo con las roturaciones de baldíos, espacios incultos, que practicaban tanto vecinos sin tierra como los grandes propietarios usurpando los terrenos comunales. Lo mismo que sucede en la actualidad. El grito de “a desalambrar” tuvo un antiguo precedente: “a despalmitar” o “a despalmar”, si se nos acepta la licencia. De ellos nos informa también el profesor Martín Gutiérrez que cita muchos ejemplos de vecinos instalados en espacios públicos o de propietarios como Alfonso López, quien en 1434 “había ocupado tierras, palmares y carrascales” junto a sus propiedades de la Dehesa del Almirante. El mismo autor nos informa que “…en 1630, el prior (de la Cartuja) don Sebastián de la Cruz despalmó 

